lunes, 12 de junio de 2017

Escribo por estrés 1

El espacio siempre había significado mucho para mí, su forma de ser humano sólo se completaba cuando podía situarlo en el sitio eriazo que se aparecía siempre en mis sueños, como una especie de recuerdo dulce inventado. Nunca supe que pensaba de mí pero lo llamaba despacio desde la otra vereda, sabía sin mirar hacia atrás que vendría con sus pasos inseguros, moviéndose como si lo estuviera atropellando un camión- no te escondas dita-, me decía a ratos, parecía como si el verano aún viviera en él, me lo imaginaba siempre de niño con las piernas flacas buscando bichos en el suelo, yo hubiera estado adentro, siempre adentro con vestidito bonito dando gracias que las mujeres hemos sido condicionadas a no tocar la tierra, a no ensuciarnos los zapatos, porque no me llamaba en absoluto la atención, pero quizás si hubiera visto sus dedos mi opinión hubiese cambiado, aquél niño de dedos largos podría haberme invitado a acercarme a él, a rozar por primera vez mis vestiditos con su pecho de niño que más tarde crecería sólo un poco más y andaría desprevenido en la avenida de las rosas, desee tanto tanto que cuando dijera   en realidad fuera mi nombre, pero sabía que se equivocaba, que le hablaba otra, a otra que no había pensando en su pecho tanto como yo, que no lo había deshecho tanta veces. Esa irremediable distancia entre donde estábamos en realidad y donde estaba él hacia difícil las caminatas en pleno invierno. Nunca pude convencerlo de que lo amaba y nunca lo amé de verdad, la vida me había pasado la cuenta. 

viernes, 21 de abril de 2017

Casi lo confundo con mi hogar

La mañana del miércoles lo busqué por todas partes, fue un sueño repleto de angustia, me veía a mí misma en una especie de institución, había retrocedido unos cuantos años y usaba el uniforme y a las amigas pasadas, y te veía por primera en casi más de 8 años, te reconocía aunque no fueras tú, el mismo pelo y los mismos ojos y la pregunta intrigante de por qué te sigo viendo, de por qué en algún momento me obsesioné con buscarte, con encontrarte aunque no fueras nada, aunque no hubieras significado absolutamente nada ¿qué puede tener importancia cuando se tienen 10 años? la vida de adulta me había enseñado que ser niño no valía nada, y este recuerdo absurdo que entonces volvía y volvía me provocaba la nostalgia extraña de esos tiempos, la extraña sensación de sentir nostalgia de un tiempo que no fue tiempo puesto que a los 20 años ya es irreconocible el ambiente, el lugar y las personas como tú, a las cuáles ninguna red social ha sido capaz de devolverme, entonces por qué te veo en los sueños, porque corro para no perderte, porque en la imagen me buscas y te asombras de mí, como si el mundo me hubiera cambiado mucho, como si me amaras y yo te amara o tuviera aunque sea la pequeña curiosidad de tu amor, de tu nuevo cuerpo, de tu nueva vida.

lunes, 17 de abril de 2017

Tristán siempre evitaba responder a la pena, se sacudía con unos gestos extraños que parecían presionar algunos de sus órganos vitales, para así no sentir que algo le latía ahí dentro, una pena abrigada, y pocas veces transitoria. Algunos días lo apenaba la visión intrépida de que en un futuro no lejano existiría un tipo de instrumento ortopédico que serviría para moldear los dedos de las manos, de tal manera que todos fueran del mismo tamaño y del mismo grosor, lo cual, para la población esquizoide significaría un símbolo de refinamiento. Esta idea lo perseguía por una eternidad de minutos y provocaba los espasmos, mundo futuro, futuro del mundo, tanto por recorrer y por sufrir, como sufre la mujer de calle 1 con calle 5 cuando le habla entre poemas baratos, que no entienden de métrica, a la niña que le robó toda la energía de su cuerpo, que le expandió los huesos y le quitó sangre, le dice entre sollozos:

"Elige con las manitas amarradas, 
toma lo que quieras con estas dos mantas agujereadas
y júrame por Dios que no vas a llorar, 
que el viento no te va a mandar a volar 
lejos de mí, 
lejos de esta miseria que te quiero regalar,
en la que te quiero sostener entre mis brazos,
con mi cuerpo desahuciado, aniquilado
por las decisiones de los demás, 
por la comida barata que un día dejé de soportar
y Conviértete en gusano, tripa, trazado
de camino, desatado."

Tristán calla.


miércoles, 23 de noviembre de 2016

El taxi no termina de pasar por la quinta pata cuando veo mis piernas convertidas en lana, los nervios van de un lado a otro y terminan dejándome, abandonándome hasta nuevo aviso, y a mí que el pelo ya no me cubre los sentimientos, no puedo ocultarme, y vestida del vacío intento ser una pasajera más entre tantos hombres-perros, evitando miradas, deshaciendo sentidos.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Meses

Cada ciertos meses recordaba tu voz como metralla en la cabeza, eran frases inútiles y desfiguradas en las que distinguía las notas exactas del sonido ronco que emanabas, era como una montaña de basura, de basura de otro año, de algún mil nueve noventa y seis, en que después de perder la compostura, gané vacíos que jamás entenderé. 


La micro frenó en Franklin cuando La Pelinegra subió sin pagar el pasaje, dudosa, pidió permiso al conductor y se sentó a mi lado, en la ventana, en los últimos asientos de la máquina con espacio reducido, que avanzaba lentamente por la gran ciudad. A penas sentí el primer contacto supe que algo andaba mal, el nerviosismo comenzó a ascender desde mis piernas a las sienes, propagándose como un incendio que apretaba cada órgano vital del que estaba compuesto. Miré sus piernas de reojo y parecían el cielo, contorneadas por unos pantalones azules que me parecían tan conocidos que tuve aún más miedo de mirar, ella jugueteaba con su celular mientras yo transpiraba frío, sentía ganas inhumanas de tocarla, de posar en su pierna mi mano y decirle que quizás me habían puesto algo en la bebida, que algo me hacía delirar, porque su sola presencia me incomodaba hasta en el más mínimo trazo de piel, me obligaba a tocarla, a encerrarla en mi puño, a necesitarla. Cuando pasamos por la calle del persa me miró y sonrió, recordé que me gustan mucho los muebles que ahí venden, pero ese sentimiento no logró apartarme de los espasmos que estaba produciendo mi cuerpo, adentro, muy adentro de mis músculos, de los huesos, de las células de mi ser ¿se ríe de mí?. Articula movimientos y yo lo hago con ella, a veces rozo su cuerpo disculpándome por lo pequeño de los asientos, pero siento en la izquierda el cosquilleo de nuevo, el deseo amargo de que esta mano izquierda se fundiese ahí, en el pantalón que ahora es gris, y cuento que me quedan 3 estaciones y que Marion me está esperando para que la ayude con la cena, pero pobre Marion, como le voy a explicar que no depende de mí, que la sangre desde dentro de mis venas se re-ordena y manipula mi mano, yo intento, te juro Marion, mi Marion, que intento contenerla pero reconoce irreversiblemente esa pierna como su hogar, y en una distracción toca a la extraña, aprieta a la extraña, y extiende cada uno de mis dedos sobre el muslo rígido de esta pelinegra. La miro a los ojos, a su cara redonda de pelito corto y apelmazado, y me sonríe tranquila y paciente, como siempre, me dice:  ¿qué pasa Manuel? quedo perplejo, descolocado, la sangre comienza a dirigirse nuevamente a otros lugares de mi cuerpo adoctrinado por sus palabras, mientras le contesto a Marion: "Nada mi amor, no pasa nada, sólo me mareo con la micro, porque va muy veloz."

viernes, 1 de julio de 2016

El deseo es más pulento que el temor.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Sentí que nos perdíamos de tanto allí dentro, Mamita el cielo está azul, pero no el azul de siempre, sino tan intenso que llega a dar miedo, llega a dar ganas de escribir que va a pasar algo, que quizás un niño está jugando con papel celofán azul allá arriba y nosotros no lo vemos, tanto que no vemos, los bichitos que vuelan en el aire y se meten en las gargantas pa' hacernos toser,

lunes, 14 de septiembre de 2015

3:30 Adriana
3:30 Adria
3:30
En el velador una nota termina de volcarle la cabeza. ¿Quién es Adriana? Mira impasible cada trazo del dormitorio, todo parece igual, todo le hace una leve referencia de su vida, pero ¿Adriana? No figura en sus pensamientos, en los pocos que le quedan, en el estrafalario orden de su vida. Será una puta, que contrató y no recuerda, será la mujer que lo mira con pena cuando viene a hacer el aseo, será una Adriana de tantas Adrianas que olvido de camino a casa. Pero algo lo mantiene alerta, intenta pararse, primer intento fallido, cae como peso muerto de vuelta a la cama, teme haber perdido los brazos y las piernas, pero se mira y aún están ahí, han existido siempre, podrían darle una mano a su cabeza. Segundo intento, logra mantenerse sentado, pero ahora comienza a suceder, sale de la cama apurado, porque vino Diego a hablarle, proyectándose en las cortinas, haciendo que su voz retumbe, de un lado a otro, en la casa extraña, que acaba de olvidar que es de él, y tiene ganas de salir corriendo, de menguar los ruidos y reducirlos a otro recuerdo deforme y opaco, como los que ahora sostiene de forma alterna, unos días son los labios rojos de Adriana, otras veces el otoño del 1997, o alguna noche de verano pasada en vela por una tristeza desvelada que no intenta irse a dormir, pero ahora no sabe nada ni de Adriana ni de estaciones, avanza raudo, sin alguna prenda esencial por alguna avenida convertida en laberinto y llora, y llora, y llora, por el pasado perdido, por la sospecha de no ser, de acabar creyéndose inmortal, como el cangrejo, y la no-consciencia que lo hace etéreo, lo transforma en ángel, y deja sus orejas en el kiosco de Doña Alicia, pensando que está bien sin ellas, que el ruido podría hacerlo empeorar, dobla la esquina donde queda el taller del militar serio, deja la boca, creyendo que gritar podría hacerlo sentir mal, y acaba por convencerse del inútil movimiento, que a pesar de alejarlo de ese lugar (que ya no puede memorizar) no hace reaccionar por última vez sus sentidos, por lo que prefiere la muerte, y en menos de un segundo, sus átomos terminan en polvo, en grietas, en instantes, y hacen falta años para que vuelva en sí, para que pueda escuchar, el sonido de la silla de ruedas que lo completa, mientras Adriana le cuenta preocupada a Fabián que ha empeorado, que el alzheimer lo matará.

sábado, 22 de agosto de 2015

Ebria de un aire tóxico
que termina en llamaradas
que sirven de recordatorio, ¿Qué fue la vida, qué fue? meterse dentro del cuadro y tenderse en el trigo seco, sintiendo el aire cálido, pero el paisaje siniestro de la vida muerta, del no-espacio y salirse a veces para pedir amor, porque poseía lunas complicadas, no una, sino muchas, a veces cáncer llorando de emoción, otras escorpión ardiendo de asco, pero siempre hambrienta/hambriento del (cariño-pausa) del (cariño-dolor) temiendo siempre la vuelta a casa, el remolino de alas que termina azotando tan fuerte ahí afuera, por eso prefiere quedar acá, preso de otra cosa que no sea acuarela, pincel e imaginación, preso de una rabia sucinta, pero de emociones fuertes, con aire tibio, sin falsa modestia de artista principiante, entregado por completo a la muerte inerte, tiñendo las vibraciones con algo más cómodo, por eso olvida vivir, por eso no podemos explicar el cuadro siniestro y terminamos, inevitablemente y con miserable resistencia, decidiendo morir.  

jueves, 23 de abril de 2015

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Era la época de los días tristes, cuando el invierno ya no era novedad, los autos amanecían con escarcha, y mi ánimo era como la nueva montaña rusa de un parque de diversiones, algunas horas nostalgia aguda y adentro del pozo, otras la creatividad hambrienta buscando nuevas oportunidades. De todos modos actuaba tranquila, me pasaba la tarde soplando mis dedos con algún ademán de loca, cosas comunes para mis escenas lúgubres, que siempre terminaban en algún estilo de llanto.
Pero el quinto día fue distinto, marchamos por calles estrechas, oliendo a humo y tierra mojada, algunos creyéndose mártires, otros maldiciendo al que hubiese organizado esto un día de lluvia. Mis pantys y yo seguíamos el recorrido cantando, pero se percibía el miedo, caminábamos tristes porque no éramos felices, no éramos felices porque no sabíamos gritar, o por lo menos no tan fuerte como para que pudieran oírnos, por eso la nube nos desintegra, corremos unos hacia la alameda norte, otros por el contrario. Yo pido que él aparezca, y a los 13 minutos me lo encuentro cuando cruzo República. Está abrigado, no sabe lo que es sudar por el ejercicio obligado, me saluda y parece como si los roles que actuamos nunca fueran a desaparecer, por eso río nerviosa y me escapo de lo que pueda ser yo misma, me aferro a la personalidad extraña que puedo fingir y termina invitándome un café (estoy segura que no toma pisco sour) y nos perdemos en preguntas ridículas que intentan sonsacar algún tipo de información que nos haga sentir que esta atracción inevitable y circunstancial no nos incomoda, no nos provoca escalofríos, o el miedo ridículo a terminar tocándonos.
Entonces este jueves sigue frío, la sutil diferencia radica en que lo quiero, en que el azúcar y su ternura se entrelazan en algún punto profundo y olvidado de mis huesos que hacen de esta niebla una caricia afiebrada, y me limito a ocultar mi pierna izquierda, me muevo con temor a que descubra que bajo la tela llevo un testamento qué explica que nos íbamos a encontrar cuando yo cruzará por república, que nos sentaríamos en la misma banca en la que nos sentamos ahora, y que ni siquiera se imagina cómo terminará.
Ocuparé su espalda como un lienzo, se convertirá en una de mis tragedias, por eso lo despisto, mintiéndole como lo haría con un niño (aunque tenga muchos años más que yo) lo tocaré en el alma, para que no pueda olvidarme, lo tocaré en el alma y después de la eterna conexión morirá, cuando las últimas letras se borren por el contacto silvestre.
Y lo mataré por no saber amarme
por haberme enamorado cuando no se lo pedí, y traer consigo esa alma tan libre de pecados -tan libre de mí-
entonces lo besare en la boca, ávida de sensaciones irrecuperables, de este amor quimérico que mis días tristes no entienden, y lo dejan ir.
Lo dejan dar el último suspiro, antes que sus piernas tímidas y gastadas alcancen el auto que escribí en mi piel para él
Y que lo embestirá.
En este mismo instante.

sábado, 17 de enero de 2015

las
miradas
y te encuentro perdido.
Quizás método de aislamiento, de desahogo, opresión marchada maldita necesita por lo menos una vez cada seis meses corriente de la consciencia fusionada con/olvidar como escribir si es con s o c o las dos juntas por siempre en este interminable trazo que se convirtieron solo dos meses o tres o no recuerdo agosto noviembre diciembre cuando POR  las pantys daba igual siempre pasaba el frío igual así no significa quitar tildes, significa esto tan extraño de decirte al oído cuando en realidad estoy matando teclas manchandolas, rompienDome las uñas para deshacer de nuevo /Y ME BASTA CERRAR LOS OJOS PARA DESHACERLO TODO Y RECOMENZAR/  deshacer el miedo por ejemplo me da igual termina importando más la pestaña en el ojo que cuando tira la puerta y grita y parece que mañana no será mañana, se transformara en alguna cosa inútil, devastada como dice como reconoce que mañana es pasado y pasado es mañana pero por las casualidades hablar así medio víbora medio gatita siempre creyéndose suspicaz cuando en verdad duele el pinche en la cabeza las uñas largas y me invento cosas porque es triste mirar la pared y sólo ver pared blanco poroso cayéndose en algunas partes por el temblor de las dos de la mañana de las seis de la tarde cuando estaban yéndose en el auto y no lo sintieron pero yo sí, yo sí sentí fuerte como si estuviera arriba de una pelota de goma pero yo sola, porque no caben más, no es mi culpa pero la pelota es pequeña o los niños crecen muy petulantes pero no era eso /(eslash) esflash no sé decía que era triste ver sólo blanco poroso porque hay días en que se puede mirar más profundo más lento más vivo y ver que en cada una no te parece podría ser que de repente un médico estudiara medicina aunque les pagaran el sueldo mínimo eso sería no ver poroso/y/no/ sería sólo pared claro sería quizás algún bicho raro algún pez con pulmones planeando la dominación de superficie porque en el subterráneo duelen las piernas.






lunes, 8 de diciembre de 2014

Premio Mayor.

Vendía naranjas en la feria cuando supo que el premio millonario llegaría a sus manos, años y años de la cruel agonía de pobreza correspondía a aplaudir con furor y llorar desconsolada por el premio, al fin auto grande, casa propia, agua real para beber, microondas sin quemar, y un sinfín de nuevas posibilidades, Ricardito podría tomar la carrera que quisiera y estudiarla aquí o allá, en Italia, Francia o Alemania. Hasta podría ir a los Estados Unidos, ese país tan grande y desarrollado, como le llaman en las noticias, un lugar donde la libertad de hacer la guerra con el menos poderoso se extendía y sonaba patriota, mientras  que en Chile, mediocre y arribista, no teníamos triunfos así, sólo terremotos e incendios.
No cabía la posibilidad en su mente.
Sobre el incendio se extendían absurdas hipótesis, y de los temblores sólo sabía que la tierra se movía, así tan vil, arrebatada por excesos de ansiedad movía sus entrañas y pretendía que los seres vivos lo soportáramos. ¿Y por qué no habría la tierra de vivir? Pensamientos así le horadaban la cabeza pero en realidad no, en realidad lo pensaba sin darse cuenta de que lo estaba pensando y necesitaba una escritora frustrada -intento de escritora- que le pasara esos esquivos pensamientos a un papel. Aquí nace mi historia, aquí por primera vez soy creada, cuando se pide la miserable reseña, cuando de la palabra evoluciona todo, y el actuar me es inútil, preferiría moverme sólo con palabras, ganar, comer o llorar por medio de este método tan desdeñado, y decir te amo sin pararme del asiento, sólo recitando, quizás, este sermón aburrido que podría explicar que perdí todo atisbo de amor propio, y que por eso dudo que me pueda querer, aunque por dentro me invente león, en realidad no existe nada parecido, y por eso quedarse sentada suena mejor. Pero estas ridículas cavilaciones no son nada frente al premio mayor, frente a dejar de vender naranjas en la feria y olvidar a los vecinos, aunque no se pudiera, aunque la huella fuera imborrable, porque la señora Lila estaba formada por personas, era un alarmante conjunto de opiniones contrapuestas que desembocaban en sus pasteles de choclo, los queques en el invierno, y una que otra medialuna en la mañana, las cuales pude disfrutar en mi estadía, en esos días en que Ricardo me miraba con odio porque me creía de safari en su población, percepción que no cambió hasta que una tarde se me ocurrió mirarlo distinto, sobre ponerlo a algunos cuadros para descifrar de donde nacía el ceño fruncido, que arte lo había hartado, y porqué me odiaba así. La respuesta era simple y clara: trastorno obsesivo compulsivo, declarado a los 7 años, que lo obligaba a lavarse las manos muchas veces al día, y que lo hizo mirar fijamente mi cabello donde cae en puntas desiguales, mirar detenidamente por varios minutos, y hacerme creer al cabo de las semanas, que sus miradas eran de odio, cuando sólo eran de curiosidad. Traté de no caer en el juego extraño que esto significaba, pero no pude resistirme a la caricia des-normal que Ricardo me proporcionaba, cuando lo dejé acercarse a manipular mi pelo caí en cuenta de mi propia obsesión por la búsqueda incansable del placer abstracto, por  los dedos grandes que gastaban el cabello y podían funcionar de somnífero. La relación hombre-cabello parecía funcional hasta que una noche me desperté azorada por una respiración distinta a la mía, a pesar del miedo concentré la vista y lo descubrí a él a mi lado, dormido entre las sábanas, con mi pelo en sus manos, murmurando algo mientras dormía casi tan profundamente como un niño.
No quiero la historia normal, me decía a veces, no quiero ser la colegiala enamorada del profesor, ni la princesa pobre enamorada del patrón, por eso esto podría significar mi escape del ideal, mi propia historia enferma y desagradable, donde un día despierto con un loco al lado que no me quiere a mí, sólo parece obsesionado.
Entonces decidí tirarme al río, lanzar los hechizos correspondientes y probar alguna vez mi valentía, por eso fui a ver a Clarita, le pedí algo radical, nuevo, se asombró tanto al verme, no me iba a cortar el pelo desde hace dos años, y ya casi había olvidado mi rostro.
Diez centímetros menos.
De camino a casa me ahogaba pensando en Ricardo, en qué cara pondría, en si extrañaría las puntas que caían desiguales, en si su cariño se basaba sólo en eso, y entonces tendría que buscar otro hombre o mujer de manos suaves,  otro cuerpo que quisiera despertarme de formas violentas.
Entre la parte de atrás del sofá gastado y las sillas que siempre estaban dando vueltas arme una carpa en medio de la casa, con las sábanas de la señora Lila y esperé adentro, con una vela amarilla y estropeada.  Ricardo llegó tarde, tiro los zapatos hacia el sur y entró directo a la carpa, como si el mensaje que intenté transmitirle por telepatía hubiera llegado. Tocó mi pelo, examino lentamente cada recoveco, quizás pensó que me veía como un hombre, o quizás no, pues se acercó lentamente, cambiando el foco, ahora se concentraba en mis labios y comenzaba a ponerme frenética y nerviosa, fueron demasiados minutos así, los suficientes para entender la situación, si no era el pelo, eran los labios, si no eran los labios, podía surgir una obsesión distinta. Aterrador, ambiguo. Pero me bastaba para ser feliz, para dejarlo conocerme de muchas formas, y abrazarme a esta idea extraña que más tarde entendimos por amor, a este delirio ridículo de barcos y cabello, a este, que después de tantos reportajes fue, sin duda, mi premio mayor.